Maldita Ley de Caducidad
Hoy recibimos esto de un compatriota. Creemos que si postulamos el compartir cosas (y momentos, lugares y todo lo que quieran) en libertad no podemos mirar para el costado en estos momentos en que tant@s uruguay@s nos sentimos tan tristes porque no se derogó ley que consagra la impunidad de violadores, asesinos y torturadores.
Ahí va la carta:
Hoy siento vergüenza de ser uruguayo
Déjenme decirles que hoy es un día en el que siento vergüenza de ser
uruguayo, porque nosotros, los uruguayos, decidimos el 25 de octubre
que debemos seguir teniendo una Ley de Caducidad de la Pretensión
Punitiva del Estado.
Yo fui hijo de dos presos políticos, soy hijo de dos presos políticos.
Mi padre cayó en junio de 1972, cuando yo tenía nueve años y mis
hermanas 10 y 11. En realidad, en la madrugada de ese frío de de junio
se los llevaron a los dos, a mis dos padres. No sabía entonces, cuando
desperté en mi cama con un soldado dentro de la habitación, que a mi
madre la liberarían un par de días después. Esa mañana nos quedamos
los tres hermanos en casa de nuestros vecinos, un odontólogo colorado,
su maravillosa y solidaria esposa, una familia que simplemente se
llevó a tres niños que quedaban solos. A las pocas horas fuimos a la
casa de otros amigos de la familia, los Casulo, una gente
maravillosa.. No eran de izquierda, eran y siempre fueron, seres
humanos, muy humanos.
Mi papá cayó por tupamaro, y estuvo casi ocho años preso antes de ser
expulsado del país, junto a todos nosotros, que luego vivimos varios
años en el exterior, los que menos estuvimos cinco, mi hermana mayor
trece años en total. A mi papá, como era norma, lo torturaron
salvajemente, empezando por el cuartel de Minas. ¿Fue eso justificado,
porque era tupamaro? En mi opinión no. En mi opinión nada justifica el
maltrato de un prisionero, y más cuando quienes lo hacen son quienes
han sido elegidos por la sociedad para defendernos. La profesión más
repetida en mi familia paterna es la de militar, y mi abuelo paterno
fue coronel del Ejército uruguayo. Cuando era chico jugaba con mis
primos usando la gorra y el sable reglamentario de mi abuelo, al que
no conocí porque murió antes que yo naciera. El hermano de mi padre
llegó a coronel, y fueron militares de carrera varios primos de mi
padre. Antes de que mi padre cayese preso la profesión de militar era
una de las que más me atraía. De gurí nomás, aprendí que una de las
cosas más importantes para un militar, para la profesión militar, es
el honor. Y estoy convencido que las bestias cobardes que torturaron
en esos años a mi padre y a muchos más, no solo se cubrieron de
deshonor a sí mismos, sino que además cubrieron de deshonor a la
institución a la que pertenecían, cuyo uniforme llevaban. Creo
firmemente que esas bestias cobardes, una vez recuperada la
democracia, deberían haber sido degradadas y expulsadas de las filas
de las Fuerzas Armadas, con deshonor, que sus sables hubiesen sido
rotos y sus charreteras e insignias arrancadas, frente a la tropa
formada. Creo firmemente que eso habría significado un gesto lleno de
honor de los militares de mi país. No fue así, y creo que por ello los
militares de mi país eligieron seguir estando cubiertos de deshonor,
por cobijar y defender a bestias cobardes.
Casi cuatro años después de que mi padre cayera preso, en 1976, la que
cayó nuevamente fue mi mamá. Mi mamá nunca fue tupamara. Era una
frenteamplista de las de fierro, de las que hacían en 1971 pizzas
todas las noches para vender en el comité del FA en Minas, de las
solidarias que siempre tenían un abrazo para quienes sufrían, sin
preguntar a qué partido pertenecían. Mi mamá, que era semiiinválida
por una malformación congénita en la cadera, fue torturada
salvajemente durante los tres meses que estuvo presa en el cuartel de
Minas. Sus hijos fuimos llevados por la familia a Montevideo, cada uno
a casa de un tío o tía diferente. Mi mamá perdió 30 quilos de peso en
los tres meses que estuvo presa, y pasó de no fumar a fumarse una
cajilla diaria de Nevada. El principal torturador del cuartel de Minas
en ese año 1976, el capitán Pedro Busó, o Pedro Buzó, vivía a la
vuelta de casa. Decían que era cinturón negro de karate, y tenía dos
ovejeros alemanes en el fondo de su casa, que daba prácticamente a los
fondos de la nuestra.
Pocos días antes de las elecciones del 25 de octubre me encontré en
Maldonado con una señora, Nenusa, que se emocionó al verme y saber que
soy hijo de mi madre, de “Esthercita”, como le sigue llamando. Mi
madre murió el 22 de mayo del año 2004, víctima del cáncer. Nenusa me
contó que mi mamá la salvó de caer presa, y quizá de morir, en 1976.
Me dijo que en esos años 70 eran muy amigas, y que cuando mi madre era
torturada en el cuartel, le preguntaban por “la gorda de la feria”,
que mamá sabía que era Nenusa. Mamá, para salvarla, dijo que “la gorda
de la feria” era ella misma. Al salir del cuartel, Nenusa le preguntó
a mi madre porqué se había echado encima esa responsabilidad, sabiendo
que le iba a costar más tortura y prisión. Mi madre (me enteré hace un
par de días, porque nunca dijo nada) le dijo: “mis tres hijos estaban
con la familia, estaban cuidados; vos no tenías con quién dejar a los
cuatro hijos tuyos”.
Lloré cuando Nenusa me contó esa historia, que no conocía, porque mi
madre nunca me la contó. Nenusa, luego de hablar con mi madre después
de que la soltaran del cuartel, huyó de Minas hacia Maldonado, donde
vive todavía.
Mi madre tenía unos ovarios de a diez quilos cada uno, y el valor y
coraje de todos los torturadores uruguayos, sumado y multiplicado por
un millón, no alcanzaría a una milésima parte del coraje de mi mamá.
No sé qué pasó con quien torturó a mi papá, o a mi mamá, con el
capitán Busó o Buzó, y con todos los demás torturadores. Quizá murió,
quizá vive en Argentina, quizá vive en Maldonado y es director de una
empresa de seguridad, quizá trabaja en lo que sea. No lo sé. Sí sé que
ninguno de ellos pasó un solo día en prisión por lo que hicieron. Sí
escucho su alegría de la noche del 25 de octubre, su suspiro de
alivio.
Y entonces, siento vergüenza de ser uruguayo, por primera vez en mucho
tiempo, porque los uruguayos elegimos que esa gente continuara impune.
Peor: elegimos no saber sobre dónde están los desaparecidos, elegimos
que los hijos no puedan saber qué pasó con sus padres desaparecidos, o
con sus hijos desaparecidos, o con sus tíos o tías o amigos o amigas
desaparecidos. ¿Con qué derecho?
No creo que este sea un asunto partidario, de que la izquierda esté
por la anulación y el resto no. Se trata para mí de tener un país de
verdad, un país donde los Derechos Humanos tengan alguna importancia,
dónde podamos sentirnos orgullosos de nuestras Fuerzas Armadas,
honorables y dignas de ser honradas por todos los ciudadanos. Sé que
hubo muchos votos del FA sin la papeleta rosada; sé que hubo muchos
votos blancos y colorados que sí la incluyeron.
Hoy no siento orgullo por ser uruguayo. Me daría vergüenza mirar a los
ojos a mi madre, si viviera.
Raúl Vernengo ( rvernengo@gmail.com )
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